La broma
Ilustración: Obra de Almeida
Estoy mareado. Tengo frío desnudo bajo esta sábana. Estoy solo. No hay nada en este cuarto salvo la cama. Ni ventanas ni nada. Una luz encendida en el techo. Paredes verdosas. Silencio.
He debido dormir mucho, siento como si hubiese estado dentro de un cántaro debajo de la tierra. No recuerdo nada inmediato pero sé quien soy, ya lo creo. No tengo heridas pero mi mareo es un tanto post anestésico. No sé que hago aquí. Alguien vendrá, de momento me quedaré aquí quieto como el musgo: prisa cero, como aconseja el Tarotín. Han abierto una puerta disimulada en la pared que parece acolchada. Entran un hombre corpulento vestido de enfermero y una mujer guapa de mirada inteligente que quiere saber cómo estoy
– ¿Este qué sitio es?
– ¿Cómo se encuentra?
– Tengo frío, estoy mareado… no sé… no recuerdo por qué estoy aquí
– Se lo recordaremos. Esta puerta que abro conduce al cuarto de baño. Dúchese, ahí tiene un chándal, ropa interior y zapatillas. Luego vendremos y podrá comer. Hablaremos entonces.
Se han marchado sin decir nada más. Esto es raro pero tendrá explicación, todo lo tiene, basta empeñarse en que así sea, aunque casi nada explica algo, y ese algo suele no necesitar que lo expliquen.
Mientras me duchaba han dejado un carrito con comida junto a la cama, que me servirá de silla. Pueden estar drogados los alimentos pero yo no sirvo para Gandhi, sería incapaz de mantener una huelga de hambre. Bajo esta especie de vaticano plateado hay unos huevos revueltos riquísimos.
Esperar y ver. Tangarse. Ni revelarme ni ponerme digno, les seguiré el juego. Voy a tumbarme, estoy a gusto, agustísimo… No tengo frío, ni hambre, ni mareo, deben controlarme desde afuera. Se abre de nuevo la puerta y reaparecen la bella y la bestia.
– ¿A que está mejor?
– Sí, la verdad.
– Querrá saber qué hace aquí pero lo irá descubriendo paulatinamente. Esto es, para usted, una experiencia que puede enriquecerle.
– ¿Me darán dinero? ¿Me pagarán a mí mismo el rescate de este secuestro?
– No sea trágico. Puede pasarlo bien. Lo conocemos. Básicamente mantendrá conversaciones. Nos interesa su mente, sus ideas.
– ¿Seguro que no me han confundido con otro?
– No, usted es Manuel, y dentro de unas horas el profesor Moncada y yo, doctora Rocard le daremos explicaciones y usted a nosotros. Descanse mientras tanto, duerma.
Me han despertado con música, qué detalle. Qué recochineo. Es Amy Winehouse diciendo que no. Y Amy murió. Esto empieza a parecer un cachondeo.
– Profesor Moncada: Somos un instituto privado y nos interesa, entre otros asuntos, el tema de de dónde vienen las ideas.
– ¿Estoy prisionero?
– Sí… como usted sabe un autor inglés explicó que nada hay tan práctico como las ideas, que la vida de millones de personas puede estar condicionada por el programa económico de un oscuro pensador de otro siglo. Se lo diré sin rodeos. Hemos leído su escrito titulado 2008, que usted escribió hace 24 años.
– Lo escribí, en efecto, hace años y no para publicarlo.
– Es una estampa sublimada del genocidio masivo que puede llegar a ocurrir. De eso tratará nuestra relación; queremos sus argumentos, tanto a favor como en contra, para proceder a la que usted llama operación Noé.
– Como ejercicio está bien. Para hacerlo no tenían más que invitarme abiertamente.
– Si, quizá, pero preferimos hacerlo de este otro modo, y usted terminará comprendiendo por qué.
Estos hijos de puta o están chiflados o son muy peligrosos, o quizá sean personas excelentes con muy nobles fines.
Mi hermana Eva no tiene remedio. Ella ha organizado todo esto. Dice que – yo no lo sabía – como le ha tocado un premiazo de la Lotería Nacional decidió regalarme este psicodrama.
La bellísima francesa (que me ha dado su teléfono) es actriz, y el tal Moncada un médico retirado y filántropo. La casa la han comprado mi hermana y mi cuñado. La Bestia es el casero de la finca y su ayudante el chófer-guardaespaldas de la riquísima Eva.
No se para qué han servido estos días pero me siento mejor y, sobre todo, ha sido divertido, supongo que es un modo entretenido de gastar lo que sobra… Y que a tantos falta…